Vuelta a casa por Sant Joan

Ya hace más de 8 años que no estás, pero esta vez te he tenido más en mente… No es que normalmente no piense en ti, pero estas fechas eran muy importantes. Y es que como a tantos otros, los petardos de San Juan te daban tanto miedo que era obligatorio alejarse de la ciudad para que no sufrieras. Cuando alguien lanzaba un simple cohete porque se había marcado un gol en un partido de fútbol, tú corrías a esconderte y temblar en la bañera, y no salías hasta horas después.

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Ya hace muchos años que estas fechas me coinciden con viajes de trabajo o placer y no recuerdo cuándo fue la última vez que viví un San Juan en casa, pero este año ha sido distinto. Sin actividad ni viaje organizado, no quería estar en medio del ruido y de la fiesta. Prefería la calma y la tranquilidad de la montaña, así que he decidido volver a casa. A nuestra casa.

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El Montcorbison es una montaña muy especial para mí. Mi primera excursión a Val d’Aran fue a la Bassa d’Oles, y al poco tiempo el Montcorbison se convirtió mi primera montaña aranesa. También tú te estrenaste en sus faldas, aunque tu primera salida fue un poco dramática al hacerte daño a una pata al andar por un puente de madera. Subimos tantas veces a la Bassa… Este lugar es parte de nosotros. Parte de nuestra historia y, ahora, tú también eres parte de este lugar. Desde ya hace tiempo, estás en la cumbre cubierta de nieve cuando llega el invierno, en sus plantas que florecen cada primavera, en las aguas donde nadan las truchas y en el batir de las alas de los caballitos del diablo.

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Este año se acercaba San Juan y quería acompañarte por si a alguien se le ocurría lanzar un petardo cerca. Por suerte, en este lugar la celebración es bastante diferente y en tres días he podido escuchar solo dos petardos en la distancia. En cambio, sí se oía el rumor de las hojas moviéndose al viento; el canto de las codornices, omnipresentes pero invisibles a mi vista; los chillidos de las marmotas cuando aparecía el zorro; el trueno cuando empezaba la lluvia; el chasquido de las ramas secas al quemar en la chimenea de la cabaña…

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También ha sido inevitable pensar cómo sería si hubieras estado físicamente conmigo. No hubiera visto a la familia de marmotas haciéndose carantoñas al atardecer. No hubiera cruzado la mirada con el huidizo zorro y el cernícalo se hubiese marchado a cazar ratones a otro lado. Tú te hubieras acojonado solo con ver llegar a las vacas. Habrías entrado a la cabaña a esconderte con el rabo entre las piernas. Los caballos no creo que hubieran sido ningún problema, ya que naciste rodeado de ellos. Hubieras corrido arriba y abajo con facilidad mientras yo resoplaba cada cinco pasos al ascender hacia la cima, y yo te hubiera llamado la atención por acercarte demasiado a algún que otro precipicio. Hubieras gimoteado de aburrimiento mientras yo pintaba acuarelas en mi diario a la sombra de los pinos… Y seguro que te hubieras comido unas cuantas moscas al vuelo dentro de la cabaña de pastor… cosa que yo te hubiera agradecido porque no me han dejado dormir demasiado.

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Después de un par de noches durmiendo en el suelo sobre la colchoneta hinchable, de un modo similar a como tú hacías lo propio en tu cojín en casa, he vuelto a la Bassa, ahora bastante masificada por los turistas veraniegos. Nunca había visto tantos coches y pienso para mis adentros que espero que nunca habiliten esta zona como aparcamiento asfaltado. Nos volveremos a ver en otoño, más tranquilos, quizás completamente solos.

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Una parte de ti y una parte de mí se quedan aquí en la Bassa y en la cima, pero el resto nos marchamos a nuestra otra casa. Aquella más ruidosa y alejada de lo que nos gusta, pero al menos sé que una parte de ti se marcha conmigo.

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Esta entrada está dedicada a mi compañero Phoenix. La mayoría de los que leéis estas líneas no llegó a conocerle, pero si lo deseáis, existen algunas entradas antiguas en mi blog personal que os harán ver cómo fue su vida:

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1 comentario en “Vuelta a casa por Sant Joan”

  1. ¡Qué bonito, Marta! Nunca hubiera pensado lo muchísimo que aporta un perro. Tienen algo mágico, cómo nos comunicamos, te entiendes, etc. Es algo que nunca hubiera sabido de no ser por mi hija veterinaria, que adoptó a uno (que ahora está con su expareja en Inglaterra y al que tanto echamos de menos que nos animamos a adoptar a Ipa). Me acompaña en todos mis paseos para hacer macro (no ayuda mucho jajajajaj) y siempre que salgo por el campo con la cámara. Y soy feliz viéndola correr, olisquearlo todo y saltándome encima de alegría. Yo no me fío de las personas a las que no les gustan los animales.

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