Islas Hébridas en bicicleta

Tato Rosés

Tato Rosés

En agosto de 1995 me encontraba recorriendo las Tierras Altas de Escocia con dos amigas. Era mi primer viaje, y guardo un excelente recuerdo de las experiencias que viví. Un día, mientras conducíamos bajo una persistente cortina de lluvia por una sinuosa carretera secundaria, acompañados por la voz melosa de Silvio Rodríguez, me fijé en dos ciclistas que progresaban penosamente con el viento en contra. “Qué mal lo estarán pasando, creo que no lo aguantaría”, pensé.

Tres años después me encuentro recorriendo algunas de las islas menos pobladas de las Hébridas interiores con mi nueva y flamante bicicleta Marin. Entre las alforjas y la mochila llevo comida, hornillo, dos botellas de gas, saco de dormir, una guía de viaje, mapas, botiquín, tienda de campaña, equipo fotográfico y ropa, además de recambios y herramientas para la bicicleta. En total unos 30 kilos de peso.

ISLAY

En el aeropuerto de Glasgow me subo a un autobús para ir a la estación central, desde donde parten trenes y autocares a diferentes lugares de Escocia. Para llegar a la isla de Islay (se pronuncia “Aila”) primero tengo que ir hasta un pequeño pueblo costero llamado Tarbert, desde donde sale el ferry. Me cuesta bastante convencer al conductor del autocar de que me deje subir con la bicicleta, pero finalmente lo consigo. Una hora después el conductor anuncia que estamos en Tarbert; hemos llegado más rápido de lo que pensaba. Bajo del autocar con ganas de empezar a pedalear y llegar cuanto antes a mi primera isla. Pero aquel pueblo no concuerda con el del mapa. La explicación es sencilla: no estoy en Tarbert, sino en Tarbet, a unos 100 km de mi destino.

Acabo de empezar y ya nada sale como tenía planeado. Es un fastidio, pero los imprevistos forman parte de todos los viajes y hay que aprender a aceptarlos. Sin mucha esperanza pregunto en la gasolinera si hay algún otro autocar, pero me dicen que el que se acababa de ir es el último del día. Maldigo mi mala suerte unas cuantas veces y finalmente me pongo en marcha para buscar un Bed and Breakfast.

El primer contacto con la bicicleta es descorazonador; pesa mucho y me cuesta horrores controlar el equilibrio, tanto que decido ponerme la mochila a la espalda. Es muy incómodo, pero al menos no tengo la sensación de que me voy a caer en cualquier momento.

Todos los alojamientos de Tarbet están ocupados, así que continúo hacia el siguiente pueblo. Resulta muy desagradable y peligroso pedalear por una carretera general llena de coches, autocares y camiones, sobre todo si no hay arcén. Al cabo de unos cuantos kilómetros llego a Arrochar, pero también está todo ocupado. Continúo pedaleando, ya con muy poca luz, hasta Ardgarten, que resulta no ser un pueblo sino un parque forestal. Mi primera noche en Escocia la acabo pasando en un camping que encuentro por pura casualidad.

A la mañana siguiente me levanto temprano y voy hasta la entrada del parque, donde hay una oficina de información. La encargada, una mujer muy amable, me dice que el próximo autocar hacia Tarbert pasa por allí delante a las 10.30 h. “Es el que lleva un letrero que pone Campbelltown”. Al cabo de media hora hago señas al autocar. El conductor abre la puerta para que suba, pero al ver la bicicleta me dice que está prohibido llevar bicicletas, y tal como vino se va. Regreso a la oficina de turismo para preguntar si hay alguna otra opción de transporte. No la hay. La mujer me aconseja ir por una carretera secundaria que llega hasta Portavadie, desde donde podría coger un ferry hasta Tarbert. De esta forma me ahorraría unos cuantos kilómetros y mucha circulación. Le doy las gracias y me pongo a pedalear.

Los primeros 10 km son horribles, por una carretera general llena de camiones y autocares que pasan a escasos metros de mí a toda velocidad. El viento que provocan me hace perder el equilibrio, y más de una vez pienso que me voy a caer. Paso miedo, y más de una vez me pregunto qué estoy haciendo allí, solo, en una bicicleta que pesa como una losa de piedra pedaleando por una carretera peligrosísima.

Cuando por fin dejo atrás la carretera general mi humor mejora considerablemente. Luce el sol, el paisaje es bonito y me cruzo con pocos coches. Por la tarde llego a un pueblecito llamado Millhouse, a 4 km de Portavadie. Encontro un B/B barato (8 libras –sobre 2000 pesetas, o 12 euros-) y me quedo a dormir. Mi primer día en bici sumo 84 km. Recuerdo que esa fue la noche más cómoda de todo mi viaje.

 

A las 10.05 h de la mañana cojo el ferry que va a Tarbert, desde donde en poco más de media hora llego pedaleando a Kennacraig. Allí me subo al ferry que va a Islay, la isla más grande de las que voy a visitar, de unos 30 km de ancho por 40 km de largo (619,6 km2). En poco más de una hora estoy en Port Ellen, el pueblo principal de la isla.

En Port Ellen no hay mucho que ver, así que después de comprar el mapa de la isla y algunas cosas para comer me dirijo hacia Mull of Oa, una pequeña península en cuyo extremo el gobierno de Estados Unidos erigió un monumento en recuerdo de los tripulantes de un submarino que se hundió a escasas millas de la costa en el año 1918.

La carretera es estrecha y de firme irregular, con muchas subidas y bajadas de hasta un 15 % de desnivel, según indican los letreros. Es muy duro con todo el peso que llevo. Lo único que se ve es hierba y alguna que otra granja de vacas y ovejas. Los 12 km de carretera están flanqueados por una valla fabricada con postes de madera y alambre de espino, cuyo propósito es evitar que las ovejas invadan la carretera; y es que en Islay, como en casi toda Escocia, hay miles y miles de ovejas sueltas por todas partes. No en vano Escocia es el tercer país del mundo en ganado ovino después de Mongolia y Nueva Zelanda. La carretera se termina y empieza una pista de tierra en mal estado que llega hasta una zona de aparcamiento, donde mi bici es el único vehículo. Desde aquí sigo a pie durante media hora, cruzando campos de hierba, riachuelos, zonas anegadas y vallas. Lamentablemente no pensé en calzarme las botas; me hundo casi hasta los tobillos y acabo con los pies empapados.

El monumento, una torre cilíndrica de unos 10 m de altura, está situado en un lugar aislado e impresionante, muy cerca de un acantilado. Es difícil describir el viento que hace; camino inclinado hacia delante en un equilibrio aparentemente imposible. Me parece flotar porque no percibo el peso del cuerpo. Me cuesta horrores mantener quieta la cámara para hacer una foto. Consigo llegar a la base del monumento, donde como ya esperaba no sopla el viento. Extiendo el brazo y noto la fuerza brutal del aire; solo unos centímetros bastan para que desaparezca el viento. Permanezco un buen rato junto a la placa que recuerda el naufragio, contemplando los acantilados y el mar, donde 80 años atrás perecieron todos los tripulantes del submarino. Esa noche planto la tienda en una bahía cerca de Port Ellen.

Amanece nublado, pero no llueve. La carretera es llana, ancha y lisa. Avanzo rápido por un paisaje monótono bajo un cielo plomizo. Paso junto al pequeño aeropuerto de la isla, situado junto a una playa inmensa pero bastante fea. Sigo pedaleando con viento en contra hasta Bowmore, un pequeño pueblo costero donde me detengo para comprar comida y agua. Después de visitar el puerto y el casco urbano continúo por la carretera de la costa. A la altura de Bridgend me desvío por una carretera comarcal, estrecha e irregular pero mucho más agradable, cuyo estado empeora progresivamente hasta llegar a Loch Gruinart, una lengua de mar solitaria que recibe el nombre de lago (loch), aunque no es de agua dulce. A partir de aquí una valla cierra el paso a todo tipo de vehículos. A la izquierda, a lo lejos, distingo entre una espesa bruma el final de la costa y el mar abierto, y a la derecha las luces de una granja. Al otro lado del lago también veo alguna que otra luz. Pienso en lo bien que estaría dentro de una de esas casas junto al fuego, pero también en lo triste que sería vivir aquí toda la vida. El ambiente es húmedo y frío y no invita a adentrarse en la costa. Después de 40 km tengo muy claro que no voy a continuar. Planto la tienda, me meto dentro y me pongo a comer. Empieza a soplar el viento y a llover, cada vez con más fuerza. Pero yo estoy dentro de la tienda, caliente y seco, una sensación muy agradable.

Mi tienda solo tiene un palo longitudinal, por lo que no destaca por su solidez. Las paredes laterales se agitan a merced del viento como si fueran velas, por lo que en el interior también percibo el movimiento del aire. Tiene una sola pared, supuestamente impermeable y traspirable; la elegí así por el peso y porque me aseguraron que resistía 5000 mm de columna de agua. Pero nada de nada, todo mentira. A las dos horas las paredes empiezan a calar; las gotas de agua resbalan hasta el suelo, donde acaban formando pequeños charcos que se van uniendo para formar charcos más grandes. Un asco de tienda. Llueve durante toda la noche.

Por la mañana sigue lloviendo, no con mucha fuerza pero persistentemente. Desmonto la tienda, la escurro y la guardo en su funda.

Empiezo a pedalear vestido con chaqueta, pantalón y botas impermeables. La sensación de estar seco mientras llueve es agradable, aunque solo durante un rato. A las dos horas estoy hartísimo de la lluvia y de contemplar un paisaje gris, húmedo, pantanoso y envuelto en bruma. Al cabo de un rato llego a una reserva natural de aves, pero no veo ni un solo pájaro grande, solo pajaritos de esos que hay por todas partes. Hay un edificio de información donde se pueden contemplar las especies de la reserva expuestas en unos paneles con fotografías y dibujos explicativos. La puerta está abierta, pero no hay nadie en el interior. Un cartel advierte que la entrada cuesta 1 libra (250 pesetas, sobre 1,5 euros). Paso sin pagar. Me extraña no ver a nadie. En la planta baja hay prismáticos y un trípode para fotografía, y en el piso superior un par de monitores y unos mandos para controlar las cámaras del exterior. Al cabo de un rato entra una pareja mayor. Pagan 2 libras y se ponen a jugar con las cámaras, mirando pajaritos y vacas a través de los monitores. Nos saludamos y continúan ensimismados en su extraña afición.

Cuando salgo me encuentro con un hombre y una mujer vestidos con ropa de trabajo que deben de ser los dueños de la granja. Les pregunto si hay lavabo. “La puerta de la derecha”, me dice la chica. Le doy las gracias y aprovecho para rellenar las botellas de agua. Parece un contrasentido, pero a pesar de lo mucho que llueve en Escocia no es fácil encontrar agua potable por el camino, y es que en todas partes hay vacas y sobre todo ovejas.

Hace frío y la humedad rozará el 100 %. Me alejo de la reserva natural sin ganas de pedalear. Por el camino empieza a salir el sol, y mi ánimo con él. Me dirijo hacia Port Charlotte, según la guía el pueblo con más encanto de Islay: casas antiguas de color blanco y aspecto sólido. Se respira tranquilidad por todas partes. Tiene un museo muy interesante que recoge la historia de la isla, un pequeño hotel, un B/B y el único Youth Hostel de Islay. Después de 25 km desde Loch Gruinart no estoy cansado, pero me apetece visitar el pueblo, y además la tentación de dormir seco y en una cama es demasiado fuerte como para continuar pedaleando. Tengo días de sobra por delante. Quien espere encontrar vida social en Port Charlotte o en cualquier otra parte de Islay quedará muy decepcionado, porque no hay bares, ni locales de música, ni cines, ni teatros. Lo mejor es olvidarse del tiempo, relajarse y absorber poco a poco lo que ofrecen los sentidos.

Fotografío a una pareja sentada en un banco con la mirada perdida en el océano, una imagen que refleja la tranquilidad del pueblo y sus habitantes. Después de visitar el museo doy un paseo hasta el puerto. Me relajo tomando el sol y mirando las barcas de pesca, los pájaros y el mar. Ese día decido comer en el restaurante del pueblo, una casa pequeña de piedra y madera con bonitas vistas hacia el Atlántico.

En el Youth Hostel conozco a un austríaco que viaja como yo, con todo a cuestas, pero en moto. Hablamos del viento y de la lluvia, problemas que los dos compartimos, aunque estoy convencido de que los vivimos de forma muy distinta. También hablo con un alemán gordísimo que está viajando por toda Escocia en coche, quizá el mejor medio de transporte para recorrer el país. El día siguiente amanece soleado. Saco la bicicleta del Bicycle shed y comienzo a pedalear sin tener muy claro cuál será mi próximo destino.

Sigo la carretera de la costa, llana y prácticamente sin circulación, hacia un pequeño pueblo de pescadores llamado Portnaheaven. Es un placer pedalear con sol, calor y sin prisas. Tengo pensado pasar de largo porque en la guía de Escocia tan solo lo nombran de pasada. Pero no siempre hay que hacer caso de las guías; a veces es mejor comprobar las  cosas personalmente.

Portnaheaven es un pueblo con mucho encanto; para mí el más pintoresco de Islay. A diferencia de Port Charlotte no es turístico, aunque lo de turístico debería ponerlo entre comillas porque dudo que venga mucha gente por esta isla. Nada más llegar entablo conversación con tres pescadores. Me preguntan de dónde vengo y qué hago en Islay. “Me gusta tu bicicleta —dice uno de ellos—. Han avanzado estos trastos, ahora tienen marchas, cuentakilómetros y hasta suspensión.” Lo que no alcanzan a comprender es que lleve tanto equipaje. Uno de ellos sopesa la bicicleta y en su expresión veo que jamás se le ocurriría hacer un viaje semejante. Me dicen que puedo dejar ahí la bici e ir a ver las focas en la costa. El puerto es una entrada de mar que confiere al pueblo forma de U, con una playa pequeña y barcas de pesca. Hay multitud de aves marinas y varias focas sobre las rocas.

Desde su casa uno de los hombres con los que había estado hablando me llama para invitarme a tomar un café. También ha invitado a otro turista, un biólogo suizo con el que hablo de focas, pájaros y fotografía. No puedo recordar el nombre de nuestro anfitrión, pero sí que era una persona muy amable y extremadamente tranquila. Está jubilado y vive allí con su mujer, apartado de todo, dedicado a ver pasar los días con calma y sin preocuparse de nada. “Es lo que me gusta y no lo cambiaría por nada —dice—. En un día despejado, desde aquí se puede ver hasta Irlanda del Norte; y por las noches se ven las luces de las casas.” Le digo que me gusta mucho viajar y conocer lugares y costumbres distintos, pero que no podría vivir en un pueblo tan apartado de todo; seguro que me aburriría. El suizo, sin embargo, asegura que podría adaptarse sin problemas, y es que en Suiza la vida es muy distinta a la de España.

Nos cuenta que la gente de Islay vive principalmente de la pesca, la ganadería y la recolección de turba, un tipo de carbón vegetal formado por la descomposición de restos vegetales en lugares pantanosos. Para calentar las casas, en vez de madera utilizan turba, que tiene un mayor poder calorífico. Ya hace muchas generaciones que la gente acabó con los bosques que poblaban Escocia. Después de merendar salimos afuera y nos indica la punta norte de Irlanda, que se vislumbra a través de una ligera bruma.

De nuevo sobre la bicicleta pongo rumbo hacia el norte con el ánimo subido y ganas de descubrir cosas nuevas; quiero llegar a una pequeña playa que descubro en el mapa para pasar el resto de la tarde y acampar. El camino hacia Machir Bay discurre por una carretera estrecha muy poco transitada entre bosques y prados llenos de ovejas, con fuertes subidas y bajadas. Las indicaciones son prácticamente inexistentes. Empieza a llover y aprovecho para parar en una granja a preguntar si voy por el camino correcto. Se llama Kilchiaran. Llamo a la puerta y abre una mujer muy amable de unos 50 años, bien rellena y con aspecto de vivir y trabajar en el campo. Me explica cómo llegar: “Cruzas aquella valla, sigues la pista por donde está el Land Rover, subes la montaña, bajas por un camino muy estrecho y al final encontrarás la playa”. Me invita a pasar y me prepara un bocadillo y un café con leche. Esta parada me va de perlas porque ha empezado a llover y no tengo muchas ganas de mojarme. Al poco rato llega su hija, una niña muy gorda de unos 10 años y de piel rosada que instantáneamente se prepara un bocadillo de mantequilla con manteca de cacahuete y una pasta naranja difícil de identificar, todo ello bien regado con un vaso grande de leche con chocolate.

La señora es muy graciosa y expresiva. Relata algunos episodios del invierno anterior: “En invierno sí que llueve, y además hace mucho viento; durante varios días el aire llegó a soplar a 200 km/h. El cobertizo se derrumbó y las ovejas rodaban por el suelo sin poder parar. Para salir casi nos teníamos que arrastrar. Por suerte las paredes de la casa tienen un metro de grosor. Mira, mira…”, me dice mientras señala los muros. En invierno y en bicicleta esta isla ha de ser una tortura, pienso. Después llega su marido, un hombre curtido por el trabajo duro a la intemperie. Insiste en enseñarme las cuadras. Él y su mujer me explican los procesos de ordeño y almacenamiento de la leche, las medidas higiénicas y el funcionamiento de la economía ganadera de la isla. “El precio de la carne ha bajado mucho y ya no resulta rentable tener tantas ovejas —se queja el hombre—. Es mejor tener vacas. El gobierno puso vallas por toda Escocia y ahora nos damos cuenta de que hay que quitarlas; no son buenas para el turismo.”

Sale de nuevo el sol y me dicen que aproveche para llegar hasta Machir Bay. “Hace tiempo que no vamos por allí, pero es un sitio magnífico para acampar. Podrás ver toda clase de pájaros, incluso águilas si tienes suerte.” Me aconsejan visitar de camino la capilla abandonada que hay junto a la carretera. Contrariamente a lo que pensaba al principio son personas cultas y con múltiples inquietudes. La mujer se lamenta de que en Escocia siguen la política de expoliar los monumentos y reunir todos los objetos en museos. “Por suerte se han olvidado de esta capilla y podrás ver algunas figuras originales”, añade. “En España se comete el mismo error” —le digo—. “Todo lo bonito está en museos donde pierde su identidad.” Les doy las gracias por todo, me subo a la bici y comienzo a pedalear. Me maravilla la simplicidad de la capilla, una sólida construcción de piedra. Dentro hay un sencillo recipiente para agua bendita labrado en piedra. Espero que a nadie se le ocurra transportar este objeto a un museo. Tomo unas cuantas fotos con el mar de fondo y enfilo el camino hacia Machir Bay. Sin duda me hubiese resultado muy difícil encontrarlo sin las indicaciones que me han dado en la granja. El último tramo tengo que hacerlo a pie, empujando la bicicleta. Es una senda llena de barro y profundas zanjas. La bici se hunde hasta los ejes y apenas puedo moverla. Afortunadamente me encuentro con una pareja mayor de turistas holandeses, y él, un hombre altísimo y delgado, me ayuda a sacarla del barro. Le doy las gracias y continúo por un camino de hierba húmeda que conduce hacia la playa. Es un lugar fantástico, solitario y salvaje, con amplias vistas hacia poniente. Hierba, arena, rocas, mar y multitud de aves. Monto la tienda en un descampado de hierba desde donde puedo contemplar toda la playa. Los únicos sonidos provienen del mar y los pájaros. Más tarde veo una puesta de sol espectacular que da paso a un cielo amenazador teñido de rojo y azul.

 El séptimo día de mi viaje amanece soleado y sin nubes. Doy una vuelta por la playa y me fijo en que la marea deposita cosas de lo más variado y de países muy distantes. Por ejemplo, un aerosol de Noruega o de Suecia (lo supongo por las letras, pues algunas vocales llevan diéresis y hay oes tachadas), troncos, latas, una muñeca, botellas de plástico, etc. Medito si quedarme todo el día en la playa, pero empieza a nublarse y finalmente decido continuar para ver si puedo llegar a Jura por la tarde. He de cruzar la isla de oeste a este, unos 40 km, pero tengo todo el día por delante. Por una senda atravieso la playa y llego hasta la carretera que conduce a Machir Bay por el otro lado. Tengo que cruzar una puerta metálica que cierra el paso; por todas partes hay puertas y vallas, y aunque se pueden traspasar con facilidad llega un momento en que cansan, sobre todo cuando se lleva una bicicleta con alforjas. Parece una tontería, pero hay que parar, apoyar la bici en algún sitio, normalmente en el suelo, abrir la puerta, que a veces se vuelve a cerrar sola y me pilla en medio, pasar, volver a dejar la bici en el suelo, cerrar la puerta y levantar nuevamente la bici. Al principio esta rutina no me molestaba, pero ahora estoy un poco harto de tanto abrir y cerrar puertas. Para hacerme fotos con la bici sigo un procedimiento parecido: cámara en el trípode, encuadro, disparador automático, corro, levanto la bici y poso para salir más o menos bien. Todo en diez segundos.
 
El sol me acompaña durante casi todo el recorrido; solo paro para comer y beber: chocolate, pan, fruta, galletas…, cosas rápidas y energéticas. Por la noche, cuando de verdad tengo tiempo para relajarme y descansar al abrigo de la lluvia, el frío y el viento cocino algo caliente y sabroso. Para desayunar acostumbro a tomar leche con galletas o plum cake (por cierto, es buenísimo en Escocia). Casi todas las galletas llevan jengibre (el ginger de los ingredientes). Maldita gracia me hace ese ingrediente de sabor tan raro. Parte del camino discurre por la carretera que seguí para llegar a Loch Gruinart. Entonces llovía y el paisaje me pareció feo y monótono, pero ahora luce sol y todo es diferente: la hierba brilla con tonos de verde muy vivo y el agua de los lagos, antes gris, se torna azul, hay pájaros por todas partes y hasta las ovejas me parecen graciosas.
 
Llego a Port Askaig a media tarde. Antes de bajar al puerto me detengo en una curva junto a una casa azul de madera desde donde hay una bonita vista de Jura. Aprovecho para hacer un par de fotos. Al poco rato sale el dueño de la casa, un hombre mayor de aspecto descuidado. Me saluda y le digo que voy camino de Jura. “Cuando vuelvas puedes plantar la tienda en mi jardín. Avísame aunque llegues tarde y te invitaré a tomar algo”, me dice. Se lo agradezco y nos despedimos. No deja de sorprenderme la amabilidad de la gente.

JURA 

Bajo hasta el puerto de Port Askaig, un pueblo sin ningún interés, y espero la llegada del transbordador que me llevará a la remota isla de Jura. El billete cuesta 0,85 libras (unas 210 pesetas -1,2 euros-). Mientras tanto aprovecho para comprar algo de comer en el supermercado (muy caro), dar una vuelta por el puerto y ver el barco de salvamento, una maravilla equipada con la más moderna tecnología.

Subo la bici al pequeño transbordador y cruzamos el estrecho de Sound of Islay. En poco más de cinco minutos ya estamos en Jura. Los dos coches que me acompañaban se alejan y me quedo solo en Feolin Ferry, un embarcadero pequeño y deshabitado del que parte la única carretera, de 38 km, que bordea la costa este hasta aproximadamente los dos tercios de la isla. Un cartel indica que en todo el territorio solo viven 200 personas y alrededor de 5000 ciervos. Una advertencia reza: “Está usted entrando en un territorio prácticamente despoblado. Para su seguridad extreme las precauciones e indique en el hotel de Craighouse hacia dónde se dirige”.
 
Jura es una isla alargada con forma de ballena. Tiene 45 km de largo por 13 km de ancho. La población se reparte a lo largo de la costa este, aunque el norte está prácticamente despoblado. De hecho, el 90 % de la gente vive en Craighouse y el resto en casas solitarias desperdigadas por la costa. La mayor parte de Jura está deshabitada y solo se puede acceder a campo través, puesto que no hay ningún tipo de pista ni camino.
 
Una de las cosas que quería hacer era subir a los Paps of Jura, las montañas más altas de la isla, con 785 m y 755 m. El nombre de Paps proviene de su forma, que recuerda a los pechos de una mujer. Después de consultar el mapa me dirijo hacia el oeste por una pista de tierra que sube y baja bordeando el mar. Al cabo de unos dos kilómetros llego a un refugio de cazadores, donde pregunto si es posible subir a los Paps of Jura. Me dicen que durante los dos días siguientes no hay ningún problema, pero que después se reanuda la temporada de caza y es preferible no adentrarse en las montañas.
 
Les doy las gracias y empiezo a pedalear por una pista ascendente en busca de un buen lugar para plantar la tienda. Aunque en la isla no hay restricciones para la acampada libre (creo que ni siquiera se contempla la posibilidad) no es fácil encontrar un sitio adecuado. Como llueve bastante el terreno está húmedo, y además la superficie es bastante irregular y la hierba pincha. Tras mucho buscar encuentro un descampado aceptable. A los pocos minutos, cuando ya tengo la tienda medio montada, llegan los midges. Una nube negra y silenciosa compuesta por decenas de miles de diminutos mosquitos se me introduce en los oídos, la boca, la nariz y los ojos. Lo abandono todo y empiezo a correr en círculos dando manotazos a diestro y siniestro. Afortunadamente esta especie endémica de mosquito no sigue el movimiento, por lo que en poco tiempo consigo librarme de ellos. Pero tengo que plegar la tienda, guardarla en su funda y, junto con la mochila, atarla a la bicicleta. Lo hago con los ojos cerrados y casi sin respirar en medio de un picor insoportable.
 
Me subo a la bicicleta y vuelo hacia abajo; los midges desaparecen casi instantáneamente y puedo volver a pensar con claridad. Desando toda la pista, llego a la carretera y comienzo a buscar otro sitio para acampar. Paso por delante de una pequeña cascada y me detengo para cargar agua. Cuando lleno la primera botella me doy cuenta de que el agua es de color marrón. Por suerte todavía me queda un poco de agua en la otra botella. Más tarde me entero de que el agua de Jura es de color marrón debido a la gran cantidad de turba que hay en la tierra, y que es potable. Cuando ya falta poco para oscurecer encuentro un lugar llano cubierto de césped junto a un río. Empiezo a montar la tienda lo más rápido posible, con la esperanza de poderme meter dentro antes de que lleguen los midges. Pero no soy lo bastante rápido. Por un momento pienso en resistir, pero finalmente desisto y me largo más rápido que antes, desesperado por los “mordiscos” de esas malditas bestias. Casi de noche encuentro un nuevo sitio, esta vez a pocos metros del mar. Los midges acuden nuevamente, pero por lo visto la noche y el agua del mar no les gusta y se muestran menos agresivos.

A la mañana siguiente enfilo la carretera hacia el este para llegar al único pueblo de la isla, Craighouse. En Jura no hay montañas muy altas, pero eso no significa que sea plana. La carretera sube y baja constantemente, con desniveles continuados de hasta un 15 %. Con 30 kilos de equipaje me parece imposible pedalear. La bicicleta es muy inestable y cualquier movimiento me hace perder el equilibrio. Poco a poco me voy acostumbrando, pero cuesta arriba no hay costumbre que valga. Cuestión de paciencia, fuerza y resistencia; plato medio, tercer piñón y hacia arriba, poco a poco y sin agobiarse, hora tras hora, con algún descanso para comer y beber; la idea de renunciar no existe.

Al principio las bajadas me daban un poco de miedo, pero poco a poco voy cogiendo confianza y cada vez voy más rápido; no sé a qué velocidad porque días atrás se estropeó el cuentakilómetros, pero sin duda muy rápido. Con lo estrecha que es la carretera prefiero no pensar en lo que pasaría si encuentro un coche en mi camino, o peor aún, un camión o un tractor. Simplemente no hay espacio. Como muchas otras carreteras de Escocia, la de Jura es estrechísima, con espacio para un solo automóvil. Por este motivo cada 200 o 300 metros hay un ligero ensanchamiento (passing place) a un lado o a otro de la carretera. Cuando veo venir un coche en dirección contraria me desvío y espero a que pase. Este sistema de circulación parece perfecto para sufrir accidentes, pero como hay muy poca circulación funciona bastante bien.

Después de una agradable bajada llego a los jardines de Jura, donde se puede apreciar cómo era la isla antes de la llegada de los romanos, que talaron casi todos los árboles para construir casas, barcos e infraestructuras y hacer fuego. En este reducto natural la exuberante vegetación llega casi hasta el borde del mar. Siguiendo el camino encuentro un cartel que señala las diferentes rutas que se pueden seguir, y otro que indica que hay que pagar 2 libras (500 pesetas -3 euros-), pero en ningún sitio se ve al encargado de cobrar. En la base del cartel hay una caja plana de madera con la tapa de vidrio. Para pagar hay que levantar la tapa y dejar el dinero; por lo menos hay 30 libras, unas 7500 pesetas (47 euros). Si no tienes suelto dejas un billete y coges el cambio. Creo que este sistema no funcionaría demasiado bien en España. Sigo avanzando y al cabo de un rato llego a un vivero donde se pueden comprar plantas y semillas. El sistema de pago es el mismo. En este caso el dinero se deja en una caja de bombones metálica, en cuyo interior, además de dinero también hay una hoja de papel y un lápiz para anotar la fecha de la compra, la planta que se coge y la cantidad que se paga.

Una hora más de bicicleta y ya estoy en Craighouse, un pueblo  tranquilo con un hotel, dos  Bed and Breakfast, un pequeño supermercado y una destilería donde se fabrica el famoso whisky de Jura. Aparte de los pocos trabajadores del hotel y la destilería hay granjeros, cazadores y pescadores, pero en su mayor parte la gente que vive en la isla está jubilada. Aquí se encuentra la única gasolinera de Jura, que solo funciona los martes. En el hotel, cada tarde y noche se reúne la gente del pueblo y de otras zonas de la isla para hacer un poco de vida social. No hay cine, teatro, tiendas ni restaurantes.

Como el día es bueno me siento a una mesa del jardín del hotel para descansar y tomar un café. Comparto espacio con una pareja de turistas escoceses, que me animan a acampar en el jardín del hotel. Es gratis y además se pueden utilizar los lavabos y las duchas. Me llama la atención que los coches aparcados estén abiertos y con las llaves en el contacto. Al principio me costaba un poco dejar la bicicleta apoyada con todo el equipaje encima mientras iba a comer, pasear o comprar comida. En Barcelona jamás se me ocurriría dejarla en la calle, ni siquiera atada.

Por la noche comienza a llover. Durante dos horas mi magnífica tienda aguanta el tipo, pero poco a poco las paredes empiezan a calar, y al cabo de unos cuantos minutos el suelo está lleno de pequeños charcos. Afortunadamente el saco está encima de la esterilla y la comida guardada en bolsas de plástico. No obstante empiezo a achicar agua porque cada vez hay más charcos y de mayor tamaño. El fabricante de la tienda anuncia que su única pared es impermeable y transpirable. Pero en realidad sus únicas virtudes son que pesa poco (2,1 kg) y que es bonita.

Amanece lloviendo. Desayuno en la tienda, me pongo la ropa impermeable y las botas y comienzo a pedalear hacia el norte. En Escocia llueve mucho pero no jarrea, por lo que si vas preparado puedes llegar a acostumbrarte. Al cabo de un par de horas deja de llover y sale tímidamente el sol. Consulto el mapa y veo que estoy relativamente cerca de los Paps of Jura. Avanzo un poco más hasta cruzar un río y dejo la bicicleta apoyada en una valla. Me cargo la mochila y empiezo a caminar a paso decidido. El suelo está empapado y me hundo en la turba hasta los tobillos. Veo patos, águilas y ciervos agrupados en manadas de entre 30 y 50 ejemplares. Al cabo de una hora llega la lluvia, pero como aún veo los picos de las montañas sigo caminado. Poco a poco me va envolviendo una niebla espesa, hasta el punto de que no soy capaz de ver más allá de 20 metros. Espero un poco a ver si despeja, pero no tardo en dar media vuelta. Ahora, mientras escribo, me resulta increíble que tuviera la presencia de ánimo suficiente para hacerme una foto en aquellas condiciones.

Las prendas impermeables y transpirables de buena calidad (Gore-Tex, Sympatex, e-Vent, etc.) funcionan, pero tarde o temprano acaban calando o siendo incapaces de evacuar la transpiración del cuerpo. Llego mojado a la bici, completamente mojado. Por suerte las alforjas son impermeables y la mochila está cubierta por una funda. El mapa, naturalmente, va dentro de una funda de polietileno transparente que funciona a las mil maravillas. Sigo pedaleando hacia el norte bajo una lluvia fina pero persistente. Al cabo de una hora de subidas y bajadas llego a Lagg, el primer pueblo después de Craighouse. En el mapa de escala 1:50.000 figura como un pueblo, pero en realidad es una casa con una especie de hangar-almacén semiderruido, en cuyo interior hay una barca y varios coches desvencijados. Mientras me acercaba a Lagg tenía la idea de entrar en un bar calentito y esperar a que dejase de llover, pero vistas las circunstancias simplemente bajo de la bici y me pongo a comer una manzana mientras doy vueltas de un lado a otro para que los midges no me piquen demasiado.

Al cabo de un rato aparece el dueño de la casa en un todo terreno; baja del coche, me mira extrañado y entra en su casa sin decir nada. A los pocos minutos sale y me invita a entrar. James vive con su mujer, Evelyn, y su hija, a la que no tengo el placer de conocer porque está encerrada en su habitación escuchando música a todo volumen; ese tremendo ruido supone un enorme contraste con la tranquilidad del lugar.

Me invitan a merendar y hablamos sobre mi viaje, la isla de Jura y las especiales condiciones en las que viven sus habitantes. Percibo que no tienen muchas oportunidades de conversar con otras personas, y menos aún con extranjeros que deciden viajar para conocer lugares tan remotos y poco turísticos. James se encarga de las comunicaciones de Jura, un trabajo muy tranquilo ya que apenas hay teléfonos. Evelyn fabrica y vende aceites y ungüentos naturales de todo tipo. Cuando se entera de que me están martirizando los midges me regala una loción aceitosa de olor intenso que todavía conservo. En vez de perro o gato tienen oveja, que entra y sale de casa cuando le viene en gana. James me explica que la oveja no es un animal autóctono de Escocia, aunque se ha adaptado perfectamente y ahora es el que más abunda. El ciervo entró en Escocia durante la última glaciación y, como no encontró enemigos naturales (en Escocia no hay depredadores) se fue multiplicando. Por eso, en Jura se caza cada año el 20 % de la población de ciervos (alrededor de 1000 ejemplares), aunque yo creo que los cazan porque les gusta cazar; podrían llevarlos a países en los que casi han desaparecido, pero eso implicaría esfuerzo, dinero y menos diversión.

Le pregunto a James por qué apenas hay árboles en Escocia. Me cuenta que los romanos los cortaron casi todos para hacer fuego y construir casas y barcos, y que después la superpoblación de ovejas impidió que volvieran a crecer. En los últimos años se han plantado algunos árboles en zonas protegidas, pero la mayor parte de la isla todavía está tal como la dejaron los romanos, que no supieron prever las consecuencias de un aprovechamiento no sostenible de los recursos.

“Algún día iremos a España, y quizá nos quedemos a vivir. Nos gusta esto; la tranquilidad, el mar, la naturaleza, pero no es justo para nuestra hija”, dice Evelin. Las paredes retumban con la música.

Algo más tarde deja de llover y James se ofrece a llevarme hasta Tarbert (por lo visto hay muchos sitios que se llaman Tarbert), donde la isla se estrecha, para ahorrarme una durísima subida. Acepto encantado y sin ningún remordimiento por no pedalear todo el camino. Me dice que cuando vuelva entre a tomar un café. Le doy las gracias y nos despedimos hasta dentro de dos días. Voy hasta la playa de Tarbert, pensando que podría encontrar un buen lugar para acampar, pero resulta ser un lugar deprimente y poco acogedor; la playa no es de arena sino de piedras y guijarros muy resbaladizos. Como es bajamar todo aparece cubierto de algas. No soy capaz de encontrar un sitio lo suficientemente seco y llano como para plantar la tienda. Voy hasta un embarcadero abandonado, pero está muy húmedo y el suelo es de tierra y piedras; además, como el techo está lleno de agujeros si llueve sería incluso peor que la tienda. Me quedo un rato en este lugar de atmósfera lúgubre y olor a algas, pero no tardo en volver a la bici y seguir hacia el norte.

La carretera discurre por lugares cada vez más solitarios; hay muy pocas casas y se percibe que casi nadie llega hasta tan lejos. Atravieso zonas de bosque muy cerrado, que de repente se abren dejando ver el mar y alguna que otra granja. El estado del asfalto empeora poco a poco. Una franja de hierba ocupa la parte central de la calzada. Cruzo unas cuantas verjas para ganado que cierran el paso. Un cartel indica que por favor se vuelvan a cerrar. Al cabo de una hora más o menos llego a Lussagiven, un pequeño pueblo (dos casas) abandonado que da al mar. Veo una zona cubierta de césped y decido acampar. Cerca hay un riachuelo donde puedo recoger agua para beber y preparar la comida. Una de las casas está cerrada (habría sido muy fácil entrar), pero la otra tiene la puerta abierta y entro para echar un vistazo. Está húmeda y huele a cerrado. Seguro que hace años que nadie la habita. Hay una mesa, algunas sillas, una cocina, cubiertos y una plancha de principios de siglo que pienso en coger como recuerdo, pero cuando la levanto desisto inmediatamente. Solo me falta añadir un par de kilos a mi equipaje. Además, creo que el encanto de los lugares reside en dejarlos tal como los encuentras. Sobre la mesa de madera descansa una carta amarillenta fechada en 1970 en la que una niña se despide de sus amigas. La familia se fue a la “isla grande”.

Por suerte no llueve por la noche, y aunque la tienda está mojada dentro estoy relativamente cómodo. Amanece con sol y aprovecho para secar la tienda durante un par de horas.

La carretera se convierte en una pista de tierra que poco a poco deja de ser apta para los coches. Unos 10 kilómetros más adelante una cadena bloquea el paso a cualquier vehículo. Un cartel escrito a mano indica que a partir de ese punto solo se puede continuar a pie. Entiendo que también se puede ir en bici, así que cruzo la cadena y continúo hacia el norte. La pista sube y se adentra en el interior de la isla, aunque a veces se alcanza a ver el mar a lo lejos.

El camino está rodeado de montañas y de hierba hasta donde alcanza la vista. De tanto en tanto hay unos surcos serpenteantes que se alejan de la pista. Son los senderos que trazan los ciervos. Los veo agrupados en manadas de entre 20 y 50 ejemplares, pero resulta difícil acercarse lo suficiente para fotografiarlos. En la mochila llevo un objetivo zoom Tamron 60-300 mm, aunque que para tomas tan lejanas se me queda corto. Solo en un par de ocasiones puedo acercarme lo suficiente para captar primeros planos. Con el traqueteo de la bici los elementos ópticos del objetivo se han desplazado ligeramente y no puedo enfocar a infinito, así que me he de acercar a la fuerza o utilizar el 28-70 mm para captar tomas generales.

Los 15 km de pista se me hacen realmente duros. En las bajadas ayuda mucho la suspensión delantera, que absorbe los baches y las piedras. De tanto frenar acabo con un intenso dolor en las manos y los antebrazos. En las zonas más difíciles, con charcos y barro, se me quedan un poco justas las cubiertas mixtas de 1,5″: en las subidas me patina la rueda trasera y en las bajadas la delantera pierde adherencia, por lo que tengo que dosificar muy bien la frenada. En las bajadas más pronunciadas desplazo el peso hacia atrás y dejo que la bici derrape ligeramente mientras controlo la dirección con la rueda delantera. Para cruzar zonas de hierba encharcadas acelero para no quedarme atascado en medio. La bici se desliza lateralmente y en ocasiones se hunde hasta los ejes, pero casi siempre consigo cruzar sin poner los pies en el suelo. A pesar de la dureza del camino el paisaje compensa con creces el esfuerzo. Resulta difícil describir vistas que quitan el aliento e invitan a quedarse mirando sin pensar en nada.

Llego a un punto elevado desde donde alcanzo a ver Barnhill. En abril de 1946 George Orwell se retiró a esta casa, ubicada en uno de los lugares más remotos de Jura, para escribir su famoso libro 1984. Vivió aquí durante dos años hasta que la tuberculosis le obligó a regresar a Londres, donde murió poco después. La casa se encuentra en un lugar idílico, rodeada de prados y a pocos metros del mar. Me acerco para verla de cerca. Está cerrada, pero a través de las ventanas se ve el interior. Sería muy fácil entrar, pero me contengo. Tomo unas cuantas fotos para el recuerdo y continúo pedaleando.

A partir de Barnhill la pista se complica. En un par de ocasiones tengo que bajar de la bici y empujar. Es muy incómodo empujar una bicicleta tan cargada porque la rueda delantera se desplaza hacia el exterior y he de corregir constantemente la dirección. En las subidas más duras las botas me patinan, por lo que tengo que frenar, coger impulso, empujar y volver a frenar; y así hasta arriba. Al acabar la pista, a 56 km de Craighouse, me sorprende ver una casa. Se llama Kinuachdrachd, que significa “hasta el final del camino”. A partir de aquí, si se quiere continuar hasta el límite de la isla, hay que ir a pie durante una hora más. La senda, que discurre entre brezo y helechos altísimos, me regala una vista aérea impresionante de la costa norte. Este lugar no viene indicado en ninguna guía de viaje. Desde Carraig Mhór, el punto más septentrional de Jura, se pueden ver unos remolinos gigantes en el Golfo de Corryvreckan, una lengua de mar que separa Jura de la pequeña isla de Scarba. Me acerco hasta el borde del acantilado, 150 metros por encima del mar; da un poco de miedo, pero al mismo tiempo la sensación de peligro ejerce en mí una fuerte atracción. Como hace mucho viento me alejo unos cuantos metros para no tentar demasiado la suerte.

Los remolinos, de entre 10 y 30 metros de diámetro y con una depresión central bien visible, se forman por efecto de las mareas, que en esta parte de Escocia son muy intensas. El agua procedente de mar abierto entra por el golfo a gran velocidad, pero las corrientes laterales se frenan cuando chocan con las paredes de Jura y Scarba, provocando un diferencial de velocidad con la corriente central. El efecto de este “choque” de corrientes son los remolinos, que varían en intensidad, diámetro y ubicación de acuerdo con la marea y la época del año.

Había decidido acampar en Barnhill, pero como empieza a llover y mi tienda es un colador pienso que igual me alquilan una habitación en Kinuachdrachd. Es una casa grande y antigua, rodeada de vegetación salvaje y con una vista impresionante hacia el estrecho de Jura (Sound of Jura). No veo a nadie, pero un motor en funcionamiento indica que la casa no está abandonada. Llamo a la puerta y me recibe una señora de unos 50 años con un marcado acento escocés. Le pregunto si alquilan habitaciones. “Hay una caseta que alquilamos cuando viene alguien; no tiene agua ni luz, pero si te sirve cuesta 4 libras (sobre 1.000 pesetas -6 euros-) con el desayuno incluido.” Aparece un hombre de la misma edad, enjuto y con el rostro marcado por los rigores de la intemperie. Supongo que es su marido. Se presenta como Mike y me acompaña hacia la caseta. Es una construcción de piedra de unos 10 metros cuadrados, con aparejos de pesca colgados en las paredes y un motor fueraborda en el suelo. Hay dos literas de tres camas con el armazón de troncos y colchones de paja, una tabla que hace las veces de mesa y un banco fijado a la pared, pero al otro extremo de la caseta, por lo que no sirve de nada. No hay sillas para sentarse a la mesa, pero acostumbrado a comer y dormir en la tienda me parece un refugio perfecto. Solo hay una ventana diminuta, así que la parte superior de la puerta tiene que estar abierta para ver alguna cosa.

Me quedo conversando con Mike un buen rato. Me cuenta que era pescador, pero el barco se le había hundido el invierno pasado en el estrecho de Jura y ahora se dedica a dar clases de navegación en velero. Me enseña un libro sobre peces y me señala los que se capturan por aquí. La mujer, Joan, se dedica a cultivar un huerto y a criar ovejas y gallinas. Me regalan unos tomates que están muy sabrosos, sobre todo después de comer de sobre durante diez días.

A la mañana siguiente, a eso de las nueve voy a la casa para desayunar. El interior de madera y piedra es muy acogedor, con muebles antiguos y una cocina de gas que por lo menos tendrá cincuenta años. Un loro enorme que no deja de chillar aporta una atmósfera exótica. No hay luz eléctrica ni teléfono. El motor que oía ayer es un generador de gasóleo para proporcionar electricidad. Se comunican con un radiotransmisor, aunque solo lo utilizan en casos de emergencia. Les pregunto si tienen pensado poner teléfono algún día y Joan dice que es muy caro llevar la línea hasta tan lejos y que el gobierno siempre les da largas. “De todas maneras —apunta Mike— así estamos más tranquilos.” Comento la posibilidad de instalar un aerogenerador (siempre hace viento), pero según Mike la instalación es muy cara y el generador requería un mantenimiento especializado.

Huevos revueltos con pan y tomate, porridge y zumo de naranja. Hace días que no saboreo un desayuno tan contundente. El porridge (avena cocinada con leche) tiene mal aspecto (parece engrudo), pero está bueno si se le añade miel y es muy energético. Cuando acabo de desayunar Mike me muestra fotos del velero escuela, de cuando estuvo en Galicia. Dice que España le gustó mucho, sobre todo el sol y el calor de Andalucía (Joan, su mujer, había estado viviendo en Málaga). “Quizás algún día vayamos a vivir allí.” Según él, en Galicia llueve poco y hace sol. Está claro que todo es relativo. “Por cierto —dice—, eres el primer español que viene hasta aquí. Han venido alemanes, ingleses e italianos, pero nunca un español.” Es curioso sentir que soy el primero en algo, el primer español que contempla este lugar solitario con imponentes vistas hacia el océano.

Sobre las once de la mañana me despido de ellos y emprendo el camino de regreso hacia Craighouse, sobre 45 km y 600 m de desnivel. Recuerdo las bajadas en las que me derrapaba la rueda y pienso que ahora serán subidas. El día once de mi viaje por Escocia es especialmente duro, sobre todo por la lluvia, que insiste en acompañarme durante casi todo el trayecto hacia Craighouse. Llego por la tarde, cansado y mojado. Apoyo la bici en un árbol y planto la tienda aprovechando un momento en que el cielo está tranquilo. Después de una buena ducha esa noche me permito el lujo de cenar en el restaurante del hotel. Es una delicia sentarme a una mesa en una silla mullida y rodeado de un ambiente cálido y seco. Llueve durante toda la noche. Por la mañana el suelo de la tienda está lleno de charcos y las bolsas donde guardo la comida mojadas y chorreantes.

Por la tarde sale el sol y decido seguir hasta Feolin Ferry, a 16 km de distancia. Me lo tomo con calma. Pero con calma o sin ella las subidas son subidas y hay que pedalear. Por suerte la bici va como una seda, igual que el primer día; cambia de marcha perfectamente, las llantas no se han doblado y los frenos, aunque un poco desgastados, siguen deteniendo la bici en pocos metros. Milagrosamente el portapaquetes, a pesar del peso, no me ha dado el más mínimo problema. Solo se ha perdido la fijación lateral de una de las alforjas, pero lo soluciono con un par de bridas.

Llego a Feolin Ferry al anochecer, unos minutos antes que el transbordador. Mi próximo destino son un par de islas muy pequeñas y salvajes: Colonsay y Oronsay.

COLONSAY-ORONSAY

Cuando llego a Port Askaig, en Islay, ya es de noche. Asciendo la cuesta hacia la casa de Armish, el viejo marino ya jubilado que conocí el día antes de ir a Jura. Llego empapado pero me recibe cordialmente. Vive en una casa prefabricada muy pequeña, justo al lado de la carretera. El interior está sucio y descuidado. Despide un profundo olor a humedad. En las paredes desconchadas cuelgan dibujos y fotografías amarillentos que relatan una vida de viajes por todo el mundo. Por ahí se pasea un perro viejo, gordo y muy sucio.

Armish ronda los 75 años, tiene el cabello blanco pegado a la cabeza y su ropa hace tiempo que no ve el jabón. Me quito la chaqueta y el pantalón, que están empapados, y voy a sentarme en una silla que antes tapizo con periódicos para no mojarla, pero él insiste en cederme su sillón. Cuando veo su estado intento evitarlo por todos los medios, pero no tengo suerte. Me acerca una estufa eléctrica para secarme y se sienta delante de mí en otro sillón. Me ofrece algo de comer y de beber; tengo hambre, pero le digo que acabo de comer y que estoy lleno. Va a la cocina y trae una infusión caliente para mí y unas galletas con mantequilla y mermelada para él. Se hurga la nariz y restriega las manos por los brazos del sillón. Sin duda, ese acto reflejo lo habrá repetido miles de veces en el sillón donde estoy sentado.

Armish me enseña con orgullo sus álbumes de recuerdos y me habla de una parte de su vida. En sus años mozos trabajaba en un buque mercante que recorría varios países de África. Me cuenta que los negros de algunas zonas jamás habían visto un blanco. “Era duro, trabajaba mucho, pero siempre veía sitios nuevos y conocía gente de todo tipo”, dice con cierto aire de nostalgia. Ahora vive solo, con la única compañía de un perro negro en una casa mugrienta adornada con los recuerdos de su juventud.

La mesa está cubierta de revistas antiguas de barcos. Extiendo el mapa sobre ellas y le comento mi viaje por las islas. Me dice que Colonsay es una isla muy bonita que casi nadie visita y que es ideal para recorrerla en bicicleta.

A eso de las nueve de la noche Armish se va a dormir. El jardín está lleno de cosas viejas e inútiles, como llantas y neumáticos de coche, ladrillos, planchas de plástico, etc., pero encuentro un sitio lo suficientemente amplio y llano para montar la tienda.

Por la mañana me invita a desayunar. No puedo evitar sentir un poco de reparo, pero es una persona encantadora y acepto su ofrecimiento. Las tostadas se le queman y todo se llena de humo. Las siguientes quedan algo mejor. Las coloca directamente sobre  la plancha de mármol y extiende la mermelada. En la mesa hay restos de mantequilla, mermelada, pan, carne… Con un diestro movimiento los lanza al suelo enmoquetado para que el perro se los coma. Se limpia las manos en los pantalones y vamos con los platos a la sala de estar. Después de desayunar se viste de bonito con pantalones de traje y chaqueta porque a las diez lo viene a buscar su hermana para ir a Port Ellen. Cuando lo veo tan bien vestido no puedo evitar sentir un poco de lástima. Sale conmigo a despedirme y quedamos en que si algún día vuelvo a Islay pasaré a saludarle. Me monto en la bicicleta y bajo hacia el puerto para coger el ferry, que en un par de horas me llevará a la isla de Colonsay.

Colonsay es una isla muy pequeña (13 km de largo por 4,5 km de ancho) que se puede recorrer en un solo día. De hecho, el ferry que llega el martes por la mañana a las doce se va a las seis de la tarde, permitiendo una estancia de seis horas. El que no tenga suficiente deberá esperar hasta la semana siguiente o bien hasta el viernes y coger el ferry que va hacia Oban, un pueblo costero en la isla principal.

Como en Jura, la actividad de la isla se centra en el hotel y en la tienda del único pueblo, Scalasaig. En teoría está prohibido acampar, pero como no hay nadie se puede plantar la tienda en cualquier sitio. Pronto me doy cuenta de que el único interés de Colonsay es la naturaleza. Da la impresión de que es una isla de descanso para jubilados y familias. Hay un hotel pequeño, lujoso y acogedor rodeado por unos jardines exquisitos con una casa palacio junto a la entrada. Tanto el hotel como los jardines aportan a la isla un aspecto extraño porque parecen estar construidos para mucha gente, aunque apenas hay nadie (quizá en temporada alta haya más movimiento).

El terreno es poco montañoso, ideal para desplazarse en bicicleta. El sur de Colonsay no tiene mucho interés. El mapa indica que hay unas cuantas playas, pero son de rocas y no especialmente bonitas. Así que me voy a explorar el norte. La playa más conocida se llama Kiloran Bay. Seguramente la gente que viene a Colonsay lo hace para visitar esta magnífica playa. Allí conozco a Clara y a Zowie, dos chicas inglesas que están haciendo un estudio sobre el agua de las islas Hébridas interiores. No me extraña que les encante su trabajo. También conozco a un chico que pega con Colonsay igual que el aceite con el agua. Es de Glasgow y tendrá unos 17 años. Ha venido con sus padres, y a juzgar por su aspecto seguramente lo han traído para tratar de reformarlo. Piel lechosa, muy delgado, con el pelo cortado casi al cero, pendientes por todas partes y tatuajes en ambos brazos. Viste tejanos negros elásticos muy ajustados, camiseta a juego y botas con puntera metálica. Lástima que no entiendo casi nada de lo que dice, y es que la gente de Glasgow tiene un acento muy marcado, para mí ininteligible. Incluso a Clara y a Zowie les cuesta entenderle. Por lo que puedo deducir se queja de que en esta maldita isla no se puede hacer nada y se tiene que quedar hasta el viernes. Mientras despotrica de todo da vueltas sobre sí mismo señalando hacia todas partes y pisoteando la arena con rabia. Cuando le digo que yo viajo en bicicleta y que duermo en tienda de campaña me mira incrédulo, se ríe y con absoluta convicción asegura que estoy loco. Al poco rato llegan sus padres (una pareja mayor y tradicional) y se lo llevan.

Con Clara y Zowie recorremos la playa de Kiloran Bay. Exploramos todos los rincones y recogemos muestras de agua dulce. Después de un rato de charla también se van. Al principio pienso en acampar en esta magnífica playa de arena blanca y hierba, pero como hace sol y aún quedan horas de luz extiendo el mapa para ver si encuentro algún lugar interesante que explorar. Más al norte y casi al final de la isla hay una playa a la que solo se puede llegar en bicicleta o andando. Se llama “Rubh’a’ Geodha”, un nombre de origen gaélico. No me lo pienso dos veces.

Al principio la pista es de arena fina de playa y cuesta horrores pedalear, pero a medida que se adentra en el interior se va convirtiendo en tierra dura. La primera subida es tremenda. La bici se encabrita y tengo que bajar y empujar, corrigiendo en todo momento el desvío de la rueda delantera. Diez minutos de esfuerzo y ya estoy arriba, cansado y sudando. Y ahora hacia abajo y después hacia arriba, y así durante una hora, avanzando poco a poco por un camino cada vez más impracticable. Barro, hierba, piedras, charcos profundos y un paisaje virgen y solitario.

Llego a una granja aparentemente abandonada. Cruzo la valla que cierra el camino y continúo por una senda que poco a poco se convierte en una pradera de hierba y dunas de arena. Sigo pedaleando hasta llegar al mar, unos metros más abajo del límite de la hierba. Por todas partes veo cormoranes y otras aves que no sé identificar. La playa tendrá unos 150 metros de largo y está rodeada de hierba, dunas y montañas. Es un lugar fantástico para acampar; me encuentro en medio de la naturaleza y absolutamente solo. Planto el campamento y subo a una colina, desde donde la tienda se ve como un puntito naranja rodeado por un mar verde y azul. Me quedo aquí un buen rato contemplando el paisaje con tranquilidad, sin pensar en nada. Luego bajo hasta la playa por un terraplén de arena y me encuentro con los restos de un naufragio. Con el paso de los años, el mar ha desgastado y moldeado todos los restos del barco esparcidos por la playa. Los pernos metálicos clavados en una cuaderna de madera han adquirido la forma de una seta. Pienso en la historia que ha de tener aquello que veo y en las escasas personas que lo habrán contemplado antes que yo.

Después de cenar extiendo el mapa y anoto el recorrido del día, el número trece de mi viaje. Empieza a llover y a soplar el viento. La tienda solo tiene un palo longitudinal, por lo que no es estable por sí sola. Se mantiene erguida gracias a las piquetas y a los vientos. No llueve mucho, pero el aire cada vez sopla con más fuerza. Zarandea la tienda de tal modo que las paredes se comban, llegando casi hasta el suelo. Dentro todo se mueve, y además entra agua. Oigo cómo se acerca el viento a toda velocidad, silbando entre las montañas. Con ambas manos sujeto las paredes de la tienda esperando el impacto. El ruido es ensordecedor. Así estoy durante una media hora. De repente la tienda se desprende del suelo y se cae encima de mí. Me visto como puedo y salgo para arreglar el estropicio. Vuelvo a clavar las piquetas y extiendo al máximo los vientos, asegurándolos con piedras. La tienda está maltrecha: las costuras se han abierto ligeramente y las cintas termoselladas empiezan a desprenderse. El viento continúa soplando y el agua entra casi sin resistencia. Pero como no puedo hacer nada para evitarlo me pongo a dormir.

Amanece bajo un cielo nublado y ventoso. Como no llueve trato de secar el suelo de la tienda lo mejor posible, aseguro las piquetas y tenso los vientos. Me quedo todo el día explorando la zona y subiendo montañas.

Al día siguiente, viernes 11 de septiembre, regreso a Scalasaig para coger el ferry hacia Oban. Hace mal tiempo y decido comer en el hotel. Luego paso el tiempo leyendo revistas en la sala de estar. Por la tarde el día mejora y aprovecho para visitar la isla de Oronsay, que en realidad solo es una isla cuando sube la marea. Primero consulto el horario de mareas, no vaya a ser que me quede aislado en Oronsay toda la noche. Tengo tiempo hasta las seis de la tarde, después el agua empezará a cubrir la lengua de arena que une las dos islas.

En Oronsay no se puede acampar porque no hay ningún sitio adecuado. Es una isla que carecería de interés si no fuera por la Priory House (abadía), un mausoleo que alberga las lápidas labradas en piedra de los primeros nobles que habitaron la zona, entre los años 1200 y 1500. Ahora solo vive un cura, pero antiguamente era una isla poblada y próspera. Impresiona estar completamente solo y en silencio ante testigos mudos de la historia.

A eso de las cinco y media de la tarde doy la vuelta para cruzar la lengua de arena que comunica esta isla con Colonsay antes de que suba la marea. Llego un poco tarde, por lo que tengo que pedalear sobre una fina película de agua. A los pocos kilómetros la bicicleta comienza a hacer ruido. La arena y el agua salada no le van nada bien a los rodamientos. Me detengo en el hotel de Colonsay y aprovecho para limpiar la transmisión con una manguera. La cosa mejora algo, pero las ruedas y el pedalier siguen rechinando. Ya se arreglará, pienso.

OBAN & IONA

Llego a Oban a las diez y media de la noche y casi me quedo a dormir en la calle. Por suerte encuentro un hotel que todavía no está cerrado y puedo ducharme y pasar la noche en una cama. Al día siguiente me traslado al Youth Hostel (albergue de juventud), mucho más barato y acogedor (unas 1000 pesetas al día -6 euros-). Conozco a una norteamericana que está como un cencerro; no sabe por qué está en Escocia ni adónde irá luego, ni si le gusta o le deja de gustar. Solo averiguo que es de California y que lleva tres meses de viaje por Europa. Más tarde conozco a una pareja de Chile que lo dejó todo para viajar por el mundo. Llevan un año de viaje y han visitado España, Francia, Alemania y los países del norte. Después de Escocia recorrerán Inglaterra, volverán a España y luego a Australia, donde tienen pensado estudiar, trabajar y vivir durante otro año. Me dicen que después seguramente regresarán a Chile. Hay que tener valor para dar un paso así y lanzarse a lo desconocido, es admirable.

En Oban también tengo el primer contacto con españoles. Son dos hermanos de Valencia que vinieron a hacer un recorrido en bicicleta. Ellos eligieron una ruta turística (Loch Ness, Invernes, Fort William…) y están algo decepcionados de la experiencia. Son recorridos ideales para ir en coche, pero la afluencia de turismo y de tráfico desaconseja la bicicleta. Regresaron en autocar y dejaron las bicicletas en Fort William. Me explican que han hecho un magnífico circuito en autocar por la isla de Mull, que además incluye una visita a la Isla de Iona, cuna del cristianismo en Escocia. Me digo que igual vale la pena, así que retraso la visita a la isla de Arran para hacer el circuito.

No cabe duda de que todo es cuestión de opiniones, porque a mí no me gusta el paseo. Está todo muy bien organizado: del ferry al autocar, donde la edad media de los pasajeros ronda los 80 años, y del autocar a otro ferry que nos lleva a Iona, donde atraca durante un par de horas, tiempo más que suficiente para ver la abadía. Es parecida a la Priory House de Oronsay pero mucho más grande y turística. Para entrar hay que pagar dos libras (500 pesetas -tres euros-). Sin saberlo cruzo campo a través y me ahorro la entrada.

El juego de luces y sombras evoca el silencio y la tranquilidad que se respira en la abadía de Iona un frío, gris y lluvioso día de septiembre. Este monasterio fue fundado el año 563 por Columba y sus doce seguidores, y pronto se convirtió en el núcleo cristiano más importante de Europa. En el año 806 los vikingos asesinaron a 68 religiosos en la bahía Martyrs, y los monjes de Columba, atemorizados, regresaron a Irlanda. El cementerio adyacente alberga las tumbas de reyes de Escocia, Irlanda, Noruega y Francia.

Regreso a Oban un poco decepcionado pero contento, pues siempre vale la pena conocer cosas nuevas. Además, siempre me han gustado los contrastes: en dos días había pasado de una playa solitaria y salvaje en la isla de Oronsay a un viaje completamente organizado para ancianos octogenarios por las islas de Mull y Iona.

ARRAN

Mi próximo destino es la montañosa isla de Arran. De Oban a Ardrosan voy en tren, y de allí en ferry a Brodick, la población más importante de Arran. No vale la pena detenerse en Brodick, un pueblo sin personalidad ni encanto.

Es tarde cuando tomo la carretera hacia el norte en busca de un buen lugar para acampar. Me cuesta lo suyo, pero al final encuentro un pequeño llano de hierba cerca de la carretera y junto al mar. Es casi de noche, hace frío y comienza a lloviznar. Por suerte, esas condiciones, a pesar de fastidiarme, ahuyentan a los midges. Paso la noche bajo una lluvia ligera y persistente, escuchando el sonido del mar. Por la mañana el agua está a pocos centímetros de la tienda. Había acampado a unos veinte metros, pero la marea subió durante la noche y casi se me inunda la tienda. Un par de focas juegan y toman el aire sobre de unas rocas. Tomo unas cuantas fotos interesantes, recojo el campamento y emprendo la marcha hacia el norte.

Durante unos cuantos kilómetros la carretera discurre junto al mar, pero luego vira y se adentra en el interior montañoso. Sin descanso de 0 m a 200 m, con viento en contra y gotas de lluvia golpeándome el rostro. Voy con botas, chaqueta y pantalones impermeables. Pedaleo con fuerza; plato medio y tercer piñón. Los granitos de arena y el agua salada que se habían introducido en el pedalier y los bujes en Oronsay siguen ahí. La cadena está reseca y rechina a cada vuelta de pedal. La fuerza del viento aumenta y pongo el segundo piñón. Adelanto a uno que también va en bici, pero sin equipaje; eso me llena de orgullo y me da fuerzas para seguir hacia adelante, aunque para ser justo he de decir que su bicicleta es bastante peor que la mía. Cuando llego arriba me paro para descansar un rato. Contemplo las hierbas altas batidas por el viento. Hace frío y vuelve a llover; se ve que el invierno llega pronto a Escocia. La velocidad del viento aumenta todavía más. La bajada es, por decirlo de un modo diferente, curiosa. Al principio el aire me da de frente y tengo que pedalear para avanzar. Luego viene de lado y he de inclinarme para mantener el equilibrio.

Llego a Lochranza, el único pueblo en el norte de la isla y decido parar un rato para protegerme del viento. Como no amaina vuelvo a subirme a la bici para explorar los alrededores. Me meto por un camino de tierra y al final encuentro un estudio de pintura. Un hombre mayor está sentado a una mesa copiando el paisaje de una fotografía. Me quedo con él hablando un buen rato de la isla y de los paisajes que pinta. Las paredes de madera están adornadas con acuarelas que representan paisajes, montañas y playas en los que yo había estado. Trabaja por afición, aunque de vez en cuando monta una exposición y vende algún cuadro. Tiene una libreta donde los visitantes escriben su opinión sobre su trabajo. Ha pasado gente de muchos países (Alemania, Inglaterra, Suecia, Japón, Nueva Zelanda, Australia…), y ahora también de España. Le pregunto si en el pueblo hay algún lugar para alojarse. Me dice que hay un Youth Hostel en el centro del pueblo, barato y seguramente con sitio de sobra. Con ese viento tan fuerte está claro que no puedo acampar. Le doy las gracias y nos despedimos.

Me instalo en el Youth Hostel y me quedo en la sala de lectura hasta que se me pasa el frío. Luego salgo a comprar algo de comer en la tienda del pueblo, donde me dicen que si quiero visitar el castillo ellos me dejan la llave. Acepto encantado y me dirijo a pie hacia el castillo. Está semiderruido. A diferencia de otros más conocidos no se ha restaurado, por lo que conserva el encanto que aporta la historia.

Poco más hay que ver en Lochranza. Empieza a llover y me voy directo al Youth Hostel. Entablo conversación con la mujer del dueño y le pregunto si tiene algún tipo de aceite para la bici. Tengo suerte y lubrico la transmisión a conciencia. Los ruidos desaparecen completamente y mi bicicleta vuelve a funcionar como el primer día.

El día 21 de viaje, 17 de septiembre, parto de Lochranza hacia el sur a las once de la mañana siguiendo la carretera que rodea la isla. Paso al lado del puerto y compruebo que el temporal del día anterior ha hundido algunas barcas. El ferry se encuentra fuertemente amarrado y un cartel anuncia que el trayecto Lochranza-Claonaig, en la península de Kintyre, se ha cancelado.

Estoy cansado y sin muchos ánimos para continuar, quizá por la dureza del día anterior o por los veinte días que llevo a mis espaldas. La carretera no sube mucho, pero aun así me cuesta pedalear; las subidas se me hacen más duras que de costumbre. El paisaje no acompaña.

Arran no es una isla para recorrer en bicicleta. Solo vale la pena el norte; el resto es anodino y monótono, ya se recorra en bicicleta o en coche. Después de unos 35 km me encuentro con una bifurcación. La carretera general por la que circulo continúa hacía el sur de la isla, la rodea y llega a Brodick nuevamente. Por lo que puedo ver hacia el sur el paisaje es cada vez más aburrido, así que me desvío por la carretera de montaña que cruza la isla de este a oeste.

No debería tardar en encontrar un buen sitio para plantar la tienda, pero me equivoco. Las carreteras de Arran, como las de muchos otros lugares de Escocia, están valladas para evitar que las ovejas invadan la calzada,  por lo que resulta muy complicado encontrar un espacio abierto, seco y libre de ovejas. Al principio del viaje me hacía gracia ver tantas ovejas blackface; incluso les hice varias fotografías desde ángulos interesantes. Pero con el paso de los días acabaron por resultarme francamente molestas.

La carretera sube y baja durante unos 8 km, cruza prados, granjas y montañas. Luego comienza a subir sin interrupción durante unos 7 km hasta llegar al punto más alto, de 234 m. Llego arriba cansado; no hace viento y el sol es una compañía muy agradable.

Como no encuentro ningún sitio adecuado para plantar la tienda empiezo a bajar. A un par de kilómetros de Brodick hay un desvío que conduce al camping de Glen Rosa. Sigo el camino y acampo en un prado de hierba junto a un río. Son las cuatro de la tarde. He recorrido unos 55 km y salvado un desnivel de 500 m. Extrañamente me he recuperado del cansancio que sentía por la mañana, así que me pongo la mochila y comienzo a caminar por el Glen Rosa hacia Cir Mhor, un pico de 799 m de altitud. No es muy alto, pero hay que tener en cuenta que se empieza a caminar desde prácticamente el nivel del mar.

Cruzo una valla que sirve para preservar la naturaleza de las ovejas y me adentro a paso rápido en la montaña. El camino sube poco a poco siguiendo el cauce de un río en el que veo patos, cormoranes y otras aves pequeñas y grandes que no sé identificar. El camino se pierde en la maleza y corto campo a través para llegar antes. La pendiente se acentúa y poco a poco el paisaje adquiere un aspecto más alpino. Como chocolate con pan, bebo un buen trago de agua y continúo; no puedo entretenerme mucho si quiero regresar de día.

En un collado, a unos 200 metros de distancia, diviso una manada de ciervos, pero están demasiado lejos para fotografiarlos. Subo rápido, sudando y jadeando por el esfuerzo, con la esperanza de poder captar alguna imagen antes de que se alejen. Llego arriba y a unos 30 metros de distancia veo tres ejemplares. Avanzo arrastrándome entre las rocas, con la mochila puesta y la cámara en la mano. De tanto en tanto despego la cabeza del suelo para atisbar. Consigo acercarme a unos 10 m y tomo unas cuantas fotos antes de desaparezcan.

A medio camino de la subida final me encuentro con dos montañeros que bajan. Llevan casco, cuerda y arnés. Creo que exageran un poco. Me dicen que han estado en los Pirineos, en el valle de Ordesa concretamente, y que les ha encantado. No falta mucho para oscurecer, así que no nos entretenemos hablando. Ellos siguen hacia abajo y yo hacia arriba. Veinte minutos más de subida entre rocas y ya estoy en la cima del Cir Mhor. La vista es espléndida. Picos afilados y valles profundos envueltos en densas nubes que se abren para volver a cerrarse. En un instante la niebla me rodea y el paisaje desaparece. En lo más alto me hago un par de fotos de recuerdo.

Al cabo de un rato se despeja y vuelvo a ver el camino. Continúo bajando sin dificultad, pero el trayecto es largo y llego a la tienda de noche, a las ocho y cinco. En total, desde las once de la mañana, nueve horas ininterrumpidas de ejercicio. Estoy realmente cansado. Me meto en el saco para descansar un rato antes de cenar, pero ya no me despierto hasta el día siguiente.

El día 22 (viernes 18 de septiembre) me despido de las islas y me dirijo a Edimburgo, donde me quedo tres días visitando la ciudad. Me alojo en una especie de casa-comuna (Backpackers) digna de verse. Parece una casa de locos, sobre todo después de la tranquilidad a la que estoy acostumbrado, pero al final me gusta el ambiente y la gente.

Edimburgo es una ciudad que vale la pena visitar por lo menos durante dos días. El castillo ya lo había visto en 1995, y creo que no vale la pena pagar las 6 libras (1500 pesetas -9 euros-) que cuesta la entrada. Pasear por las calles, contemplar la arquitectura y visitar los museos es mucho más interesante.

Finalmente, el lunes 21 de septiembre regreso a Barcelona después de 25 días intensos y llenos de experiencias únicas que recordaré toda la vida.

Tato Rosés

Tato Rosés

Fotógrafo y traductor especializado en fotografía, deporte y medicina. He traducido y/o revisado más de un centenar de libros. Imparto cursos sobre fotografía de viaje, nocturna, astronómica, edición de imagen y vídeo, maquetación y producción audiovisual.

Autor de los libros Retratar el mundo (Ediciones Omega), Un paseo por la vida (autopublicado) y Técnicas avanzadas de edición de imagen. En preparación Por tierras de Asia.

He viajado por medio mundo en bicicleta y a pie, recorriendo lugares remotos en busca de aventura y conocimiento: Patagonia de Chile, Ecuador, Bolivia, Nicaragua, Tayikistán, Pakistán, Irán, India, Tíbet, Indonesia, Tailandia, Malaysia, Mozambique, Islandia, Escocia, Laponia...

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