Esta película se rodó en uno de los lugares más vírgenes del planeta: el Ártico occidental de Alaska. Hace décadas, esta región recibió el desafortunado nombre de Reserva Nacional de Petróleo. Para documentar su biodiversidad —actualmente amenazada por la codicia humana—, los fotógrafos Marta Bretó y Tato Rosés recorren el río Utukok en dos packrafts. La película es una oda a la naturaleza salvaje y un recordatorio de la urgente necesidad de preservarla para las generaciones futuras.

