No es un secreto que en indomitus sentimos un vínculo muy especial con el zorro ártico y es por eso que estamos muy contentos de contaros como fue nuestra última expedición de invierno, llevada a cabo el pasado mes de marzo. Ha sido una experiencia muy especial por varios motivos:
El primero, porque hemos cambiado de ubicación dentro de esta zona deshabitada de los fiordos islandeses. Hace tiempo que le tenía ganas a este cambio, en parte por mi afición a explorar lo desconocido, pero también debido a las alteraciones que hace un tiempo comienzo a observar en mi ubicación habitual: con el tiempo este lugar se está dando a conocer y otros fotógrafos lo utilizan para llevar a sus grupos. El problema es que no todos tienen el mismo nivel de ética y respeto. Los aportes de comida y trabajar con grupos grandes aseguran a estos fotógrafos que sus clientes se lleven buenas fotos a casa y más dinero para sus bolsillos, pero por desgracia también dan como resultado animales cada vez más acostumbrados al ser humano y menos salvajes.
El segundo motivo por el que esta expedición ha sido muy especial es porque hemos comprendido el significado real de las palabras “mal tiempo” en Islandia. Después de más de 25 viajes a mis espaldas creedme que ha sido difícilmente superable a nivel de tormentas. Hasta tal punto que algunos días mientras nos encontrábamos allí se llegaron a cancelar decenas de vuelos internos (cosa no tan rara) y tantos otros internacionales (esto sí pasa muy rara vez).
Y aquí donde yo me encuentro en mi salsa es donde se puso a prueba a los aventureros que me acompañaron en esta ocasión. Durante varios días el viento soplaba a más de 110 km/h, lo cual viene siendo un huracán. En el exterior, todo blanco y dramáticamente peligroso. En el interior de la casa comida caliente, mucho té y chocolate y gran cantidad de charlas fotográficas y películas en el ordenador que cargamos gracias a un pequeño generador.
Esta dureza de las condiciones podría agobiar a más de uno, encerrado con cuatro desconocidos en una pequeña casita de madera en medio de una península deshabitada donde no hay nada que hacer mientras se escucha el crujir de la madera y el ulular del viento. Sin embargo, los viajeros que me acompañaban ya estaban acostumbrados a experimentar el hecho de que la naturaleza no es un parque de atracciones donde todo es perfecto para que tú lo disfrutes: tienes que saber ser paciente y aprovechar el momento.
Y así lo hicimos. Las oportunidades fueron muy limitadas, pero las pocas veces que la meteorología nos daba una pequeña tregua salíamos sin pensarlo. Dos pares de guantes, ropa cálida e impermeable, botas altas, calentadores químicos. Caminábamos con la nieve hasta las rodillas hasta encontrar algún lugar en el que sentarnos, brisa islandesa huracanada en la cara, a esperar a que algún zorro decidiera pasar por ahí.
Y lo logramos. Si, nos volvemos a casa con nuestros ansiados fotones. No solamente logramos ver y fotografiar a los zorros, sino que por tercera vez logramos inmortalizar al zorro blanco, una verdadera rareza en Islandia. Como digo, es la tercera vez que logro localizar un zorro blanco en invierno, pero con diferencia es la vez que mejores fotografías hemos podido tomar, llegándolo a ver hasta un total de tres ocasiones distintas.
Por supuesto también logramos ver y fotografiar varios individuos de morfo azul (tono marrón azulado) en sus idas y venidas de su incesante búsqueda de comida. En una ocasión encontró lo que parecía ser un bacalao bien fresco, recién varado en la playa entre un manto de algas.
Pero no solo vimos a los zorros. Durante nuestras curiosas estancias en la playa (cualquiera que nos viera ahí tumbados en medio del temporal alucinaría) también disfrutamos de observar cómo surfeaban las olas diferentes anátidas como el éider común, el pato arlequín o el pato havelda. Incluso llegamos a ver un colimbo. En ocasiones, en la playa correteaban también pequeños grupos de escribano nival y escribano palustre, sin olvidar al omnipresente cuervo grande y al ocasional cisne cantor.
Justo cuando por fin salía el sol y podíamos comenzar a disfrutar del paisaje a nuestro alrededor terminó nuestro tiempo en la península. Por suerte, aún pudimos disfrutar durante unas pocas horas del entorno y de algunas apariciones zorrunas más.
Por suerte, el grupo decidió quedarse unos días más conmigo en Islandia, de modo que aprovechamos para cambiar de zona y fotografiar otra fauna y paisajes. Durante los días restantes nos encontramos en el ojo del huracán, el único lugar donde no se estaban desatando las tormentas del fin del mundo. Esto nos permitió disfrutar de la fotografía como no pudimos los días anteriores. Pudimos salir a caminar, ver las montañas del entorno, buscar otra fauna y por fin, capturar alguna aurora boreal.
Cuando regresamos a la capital las tormentas eran tan fuertes todavía que parecía imposible que el vuelo de vuelta a casa pudiera despegar. Salimos del hotel justo para entrar en el restaurante de la calle de enfrente y en unos pocos segundos casi salimos volando y terminamos empapados (por suerte todo era ropa impermeable), pero me dio tiempo de tomar un par de fotografías de la iglesia de Reykjavík en pleno temporal para que os hagáis una idea de la tormenta.
¡Sin duda ha sido un viaje muy especial, muy complicado meteorológicamente hablando, pero al final y como siempre decimos, con el mal tiempo se hacen las mejores fotos! Muchas gracias por vuestra compañía en esta aventura Richard, Joan, Jaume y Manel. Y tú, que estás leyendo estas líneas y aún no tenemos el placer de conocerte, no lo pienses más y apúntate a la próxima salida. Puedes ver nuestros próximos viajes aquí. En breve cerramos las inscripciones para la edición de verano de la expedición zorro ártico (¡en la que esperamos haga más buen tiempo!)

