Cornamenta de carnero de Marco Polo

ECOLOGÍA Y BIENESTAR ANIMAL

Extractos de los libros Un paseo por la vida y Por tierras de Asia

En el siglo XXI una parte importante de la población mundial es consciente de los efectos que causa el ser humano sobre la salud de la Tierra. Ecología, naturaleza, cambio climático, contaminación, conservación, tráfico de especies… son términos muy en boga en los medios informativos. De hecho, numerosas organizaciones se dedican en cuerpo y alma a cada uno de estos aspectos. Y en el mundo de la fotografía y el vídeo han proliferado los documentales y los concursos dedicados a la conservación del medio ambiente y a la denuncia ecológica.

Pero nuestra empatía hacia los animales no humanos es variable, y depende de su número, tamaño, morfología, proximidad y de un concepto tan vago y parcial como la “belleza”. No valoramos igual a un lobo que a un murciélago, a un águila que a un cuervo, a un delfín que a un pulpo, a un oso polar que a un atún rojo, independientemente de si están o no amenazados o son más o menos inteligentes. Tampoco sentimos lo mismo si se mata a un cerdo o a una vaca por su carne y su piel que si se mata a un zorro o a un armiño exclusivamente por su piel, aunque todos ellos se encuentren confinados en una granja y el sufrimiento que experimentan sea el mismo.

Quizá, el aspecto más desagradable de nuestra industria alimentaria es que alrededor de un tercio de los alimentos que producimos no se consumen, se pudren en la basura, según un estudio del Programa de Acción sobre Residuos y Recursos (WRAP) realizado en 2008. Es decir, que un tercio de los animales que matamos para comer los tiramos a la basura.

Además existen dos líneas casi infranqueables, una que divide la conservación de la fauna del bienestar animal, y otra que divide nuestros hábitos de la protección del medio ambiente. Dicho de otro modo, nuestras costumbres condicionan nuestro compromiso con la naturaleza. Dos ejemplos: (1) muchos conservacionistas luchan con denuedo para prohibir las granjas de peletería, pero no tienen problemas con el sufrimiento de los millones de animales de granja que criamos y matamos cada año; (2) ¿Estamos dispuestos a abandonar el transporte contaminante?, ¿a renunciar al plástico?, ¿a prescindir de renovar nuestro vestuario?, ¿a racionar la energía eléctrica? En definitiva, ¿a renunciar a la economía basada en el crecimiento continuo?

En este breve artículo vamos a ver unas cuantas imágenes y a leer unas cuantas ideas; algunas reforzarán nuestras convicciones, mientras que otras nos incomodarán.

Pero antes de emitir un juicio de valor recuerda que las ideas que gobiernan nuestras decisiones las elaboramos en función de nuestras costumbres, nuestras necesidades y nuestros gustos, y luego tratamos de justificarlas con razonamientos no del todo objetivos.

Little Corn Island, Nicaragua

Los pescadores voltean las tortugas que capturan para evitar que regresen al mar. De este modo pueden conservarlas durante días antes de venderlas. La mayoría de los que vemos esta imagen sentimos empatía por la tortuga y nos preguntamos cómo el ser humano puede ser tan cruel. Sin embargo nos mostramos casi indiferentes ante las penurias de millones de animales a los que obligamos a vivir hacinados, sin respetar su comportamiento social, para luego sacrificarlos en mataderos. La cosificación de otros seres vivos nos inmuniza contra su sufrimiento.

Peshawar, Pakistán

Una escena que nos obliga a apartar la mirada a todos los que no estamos acostumbrados a estos mataderos al aire libre. A pesar de que muchos censuramos este tipo de prácticas, nuestra respuesta sería más contundente si en lugar de pollos se trataran de animales a los que no consideramos “alimento”, como visones, zorros, gatos, perros, monos… Se podría argumentar que los pollos no están en peligro, que no tienen conciencia de sí mismos o que son poco inteligentes. Pero en este grupo de “consumo” también incluimos animales más inteligentes, que nos reconocen y expresan emociones, como meros, pulpos, ballenas, cerdos, vacas, cabras, caballos…

Entre Rawalpindi y Peshawar, Pakistán

Peshawar, Pakistán

Un macaco pasa los días encadenado a una especie de noria oxidada. Su dueño lo utiliza para entretener a los clientes del restaurante de carretera que regenta. Los monos, como muchos otros animales que viven privados de libertad, se consideran fauna salvaje, y por lo tanto disfrutan de un estatus superior al de otros seres vivos que consideramos simplemente “ganado”. No obstante, su sufrimiento puede ser similar. Muy probablemente esta imagen nos despierta más compasión que la siguiente: un burro agotado, con la mirada triste, condenado a tirar de un carro por las atestadas calles de Peshawar.

Peshawar, Pakistán

Un hombre vende serpientes en un barrio de Peshawar. Me muestra una de las tres que guarda en un pequeño saco de tela, parcialmente descamada y con bastante mal aspecto. Le pregunto a mi amigo Akhtar qué hace la gente con las serpientes, y me contesta que a algunos les gusta tenerlas como mascotas. Un error muy común es criminalizar a los vendedores directos de animales salvajes, cuya única fuente de ingresos puede ser esta actividad. El problema de la conservación de la fauna y el bienestar animal es polifacético y está muy arraigado en la cultura y la sociedad.

Pamir, Tayikistán

En una de las zonas más pobres de Asia Central existen varias reservas de caza para millonarios. Armados con potentes fusiles, cazadores con ganas de vivir aventuras épicas pagan hasta 45.000 dólares para poder matar carneros de Marco Polo (Ovis ammon polii), el muflón más grande del mundo. Los pamiris consideran a este animal un heraldo de la libertad, y desde tiempos inmemoriales indican el camino con una o varias cornamentas para guiar a los viajeros y darles buena suerte.

La falta de recursos y la corrupción generalizada hacen muy difícil la protección de uno de sus depredadores naturales, el leopardo de las nieves (Panthera uncia). Personajes de la peor calaña con los bolsillos llenos de dólares pagan fortunas para sortear la ley y abatir a uno de estos magníficos felinos. En el Pamir de Tayikistán quedan entre 120 y 300 ejemplares.

Hasta mediados del siglo XX la mayoría de las personas consideraban los bosques poco más que despensas de alimento y madera. En el siglo XXI cada vez son más los que defienden una actitud respetuosa hacia las formas de vida no humanas y rechazan de pleno el mercantilismo animal y la tortura en fiestas antes considerdas “cultura nacional”. Dentro de unos cuantos años es posible que la sociedad se pregunte cómo el ser humano podía tratar a los animales como si fueran simples objetos a nuestro servicio.

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